Corría un Enero friolero, de esos que calan hasta el hueso más oculto y dañan todo un organismo. Que vienen sin carta de presentación, te abrazan como un viejo enemigo y sin soltarte, te dicen todas esas cosas que te suenan a cansancio, a agobio, a prisas y a tiempo, de ese del que llevas media vida molestándote en huir.

Y te alcanza.

Pero siempre.

 

Así que tus pasos empiezan a no dejar huella y te mueves pero no avanzas y tu pintalabios rojo no deja marca y se te pierde sangre en cloacas, por lo que, empiezas a llorar en turno nocturno de una antigua gloria por el hecho de que nada parece ya tener un porqué y nadie parece molestarse en preguntarse el cómo y tú empiezas a no enterarte de qué pasa porque cuando pasa algo te das cuenta de que la vida nunca te prepara para una noción de verbo que no rime con cosas que sean antónimos a seguridad. 

O establecido.

 

Porque en primavera todo dejó de ser rosa, y lo aceptaste y empezaste con las medias sonrisas y las palabras que quedan bien.

Luego te acostumbraste al gris-en verano y en otoño-porque rimaba con el vacío y parecía que de eso se iba a tratar todo, pero entonces invierno, donde todo empezó a hablar sobre una nueva paleta, sobre la vida sin matices, sobre negro. Y por primera vez, no supiste bien cómo combinarlo o qué hacer con él.

Entonces todo grita, se enreda y enfría congelados. Y algo muere, pero por dentro. O remata, para ser más claros.

 

Y no hay canción de Leiva capaz de describir el pánico, las manos temblorosas o la capacidad de las noches en volverse abismos. Y estás en una cama extranjera y Valencia empieza a sonar al cantante más triste que hayas escuchado nunca. 

Y sientes, por todo el tiempo en el que no lo has hecho. Pero no de la forma en la que solías hacerlo.

Ahora, negro.

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