Suspiro.

 

Media risa contenida en media botella para acabar.

Yo, hace tiempo que dejé de fiarme de las despedidas intermitentes y hace, aproximadamente, dos inviernos que me cobraron de más, por amor de menos, pero, ¿qué se le va a hacer a estas alturas de párrafo?

Sinceramente, es que ya ni siquiera sé si hablo de la tristeza, hablo del vacío o hablo de la vida, sin más.

 

Sólo tengo la certeza de que ha pasado más de una noche en la que ya no estás preguntando por mí en las aceras, que han pasado más de siete días desde la última vez que dejaste que tu mirada chocara con mis pretextos, han pasado más de cuatro meses desde la última vez que dejamos un verso morir a la mitad y que hace más de un año que yo dejé de buscarte, pero que no ha pasado ni siquiera veinticuatro horas en las que no quiera ser encontrada, ¿por ti?

Ya no creo.

Creo que ahora hablo de buscar unas nuevas manos rozando mi espalda y de encontrar un complementario aunque me pase la vida en blanco y negro.

Creo que ahora hablo de que en los vértices de tu historia a veces caes en la cuenta de que la vida es adaptarse. Convivir con las cicatrices, empapar los papeles, pero seguir adelante.

Y respirar, sin suspirar.

Y así, un día te levantas y por primera vez no calculas las horas que quedan para dejar de ser, o para dejar de ser consciente de que estás aquí. Un día te levantas con ganas de que nadie te quite las ganas.

Han sido muchas las veces en las que te cuelgas de la mentiras más bonitas y te deslizas en la brevedad de recuerdos, pero entonces la vida, viene y te enamora.

Quizá ahora hablo de ser feliz.

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