Últimamente todo lo que dices pierde el sentido,
y todo se va a morir en otra cama, en otro amor, y así, hay inviernos que se convierten en infinitos.

Y te sangran las ideas, te muerdes los labios, escribes miles de cartas que siempre se quedan a la mitad, escuchas esas canciones que gritan nombres, te abrazas a ti mismo en solitario y te pintas la sonrisa cuando sales.
Olvidas que eres persona y finges que TODO es NADA. Y que te va bien.

Que no hay verano turbio, palabras sórdidas ni tampoco gente que no consiga caer en tu olvido. Ni en tu perdón.

Sin embargo, hay máscaras que de noche se rompen y no puedes negar que te encariñaste con una misma herida hace tiempo, de esas que te calan y pasando años siguen ardiendo.

Quizá fue la necesidad de que alguien te tuviera necesidad, pero vino y te quitó las ganas de ir por tu cuenta. Pasó de que pasaras. Pasó de que huyeras. Y entonces, te quedaste dormida en un pecho que parecía tener tu nombre. Y siendo condicionales, seguiste soñando futuros. Una casa al lado de la playa y un parque para nunca dejar de veros.

Pero medio tequila y un tiempo parecen ser equivalentes a un adiós. A un «algún día volveremos a querernos» y alguien siempre se queda esperando de más. Yendo a destiempo. Jurando aprender a necesitar bien para la próxima vez.

Alguien siempre se queda aunque parezca que se va. Y alguien siempre se va aunque parezca que se quede.

Y el silencio aún te pregunta si le quisiste o no.

Y tú, o yo, seguimos callando.

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