En cierto momento, me gustaba pensar en la tristeza como un cobijo, ese hogar de las dos y media de la madrugada cuando ya ha dejado de quedar gente que sea sinónimo de él, de casa, de lo de siempre.

Y buscaba cosas que fuesen sinónimo a nostalgia.

Y no te voy a mentir, porque la verdad es que era cómodo, tranquilo, silencioso y quizá un poco cobarde, pero olía a refugio y sabía a la única certeza que podría esperar.

 

Y es que supongo que no puedes pedir mucho, cuando hace tiempo que dejaste de querer pedir algo.

Y toda la pólvora, terminó actuando como tu segundo nombre, “Chica de ojos tristes” te llamaron en aquel bar y desde ese momento nadie ha conseguido quitártelo de la cabeza, como muchas otras cosas (aquel invierno o aquella vida)

 

Porque todo se decoloró, incluso las ciudades en las que sabía Qué Era Ganar, entonces empecé a quedarme sin aliento tratando de recordar como era antes. Cuando todo me calaba, pero no era lluvia y los nervios estaban a

piel de flor y  nada tenía que ver con nadie y aún así todo parecía funcionar como debía.

Y nunca supe bien por qué y no pude conformarme ya con el cómo.

 

Pero una noche dejaron de sonar -o soñar- las canciones tristes.

 

Es como un vals sin orden, sin nombre y tímido.

 

Roce rápido y canción alborotada.

 

Porque a diferencia de los malos,los buenos tiempos se lo toman con calma. Y te miran con ojos de “cómo has cambiado desde la última vez”

Y a mí me gustaría saber responder algo, pero supongo que lo que va y viene sin avisar siempre, no entiende de razones, no sabe nada sobre las razones de los que se quedan parados. 

 

Pero ya no me hacen falta otras huellas dactilares para saber que

yo soy de mí y todo lo demás es tráfico y se desvanece rápido.

Y cada roce no hace cariño, sino guerras mundiales.

Y esta vez, te prometo que mis huellas no van hacia casa, porque busco antónimos de lo que fue.

Y hace medio otoño que empecé a dejar de entender a Kurt, porque hace otro medio que dejé de echar de menos la comodidad de estar triste.

 

 

Y ahora sé que a veces las cosas

no tienen que ser como antes

para que funcionen como deben,

para que funcionen

bien.

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