Me gustaría que saliese de mi boca.
Me gustaría que las palabras fuesen un cañonazo de sinceridad.

Me gustaría decirlo, expresarlo, ponerlo en palabras bonitas…

la verdad, me gustaría que todos mis fantasmas volvieran a tener tu forma, porque al menos por aquel octubre supe con que iba a lidiar.

 

Pero ahora lucho con botellas sin nombre.

Con reflejos de algo que quizá solía ser.

Con el temblor de manos, las náuseas y la opresión del peche que produce el pánicos y…

y voy agarrada a él sin dirección.

¡ Mierda !

Es irónico.

Solía ser fuego después de que tú me quemaras.

Solía ser la que movía las cuerdas.

La que controlaba los tiempos.

Y ahora y no sé quién era.

Ni quien soy.
Y definitivamente no sé quién seré mañana cuando me mire al espejo.

Solía culparte de mi desastre.
Solía escupir tu nombre.

Solía llorar y maldecirte a las tres de la madrugada.

Porque todo era más fácil así.

Ahora duermo más de lo que debería y me he hecho a mí misma un caso más perdido que aquí que encontraste.

Lucho por mantenerme a flote en un barco que hace aguas.
Con el único amparo de una vela que mis padres encendieron y mis fantasmas.
Esos que no quieres hablar de ti.

Tienen caras desconocidas y están disfrazados de mentiras.
Pero les creo

Y dejo que me acunen aunque me incomode que lo hagan.

Y dejo que me acaricien aunque me den escalofríos.

Y les dejo.
Y les dejo.

Y les dejo.

Meter goles en mi propia portería.
Ganarme en mi propio juego.

Porque no son fáciles.

No hay canciones para ellos.

Ya no suenan a ti.

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