Eras mi chico vértigo.
Mi alocado.
Un funambulista discrepando con cualquier cosa que la vida le entregaba. Nunca me agarró pero siempre sentí tacto.
Nunca me besó pero siempre sentí amor.

Te escribo para no olvidarte.
Y te canto para no hablarte.
La ciudad está gris y nadie consigue nunca volver a teñirla de colores.

Lo han intentado pero no hay comparación aceptable.

Hacíamos del silencio una flor.
De cada adiós un suspiro.
Nada estuvo nunca establecido.
Nosotros tampoco nunca lo quisimos.

Los requisitos eran sólo ser.
Estar.
Nunca parecer.

 

Pero no llegamos a tiempo.
El ruido de las aceras no pudo callar tu silencio
y yo deshojé mil margaritas para ver si alguna te hacía gritar.
Nadie dijo nada.
Acalló como nunca nuestra ciudad.

 

Ahora, un tiempo después,
brillo por belleza y no por mis palabras,
como insinuaba esa canción de Lana del Rey,
tengo miedo del silencio y del vacío.
Tengo miedo de haber gastado todo el amor en un sólo disparo.
Y ni siquiera haber dado en el blanco.

La gente viene pero ahora sé que se van.
La gloria vuelve pero ahora sé que no es para siempre.
Todo es efímero.
Y yo.
Chico vértigo, has hecho que tenga miedo

 

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