Porque jamás te he necesitado,
pero siempre te he querido.

Por ti se inventó la poesía en los suburbios de la ciudad.

Por ti aprendieron a cantar todos estos maniquís.

Y te alabaron como si fueras el único chico con mirada triste de esta década.
Que lo eras. Y por eso fuimos un gran complemento de almas decaídas, aunque uno de nosotros, disimulara mejor.

Yo era bonita en mi oscura y escondida decadencia. 
Tú eras bonito porque nunca te molestaste en esconderla.

Y así, parecía que los árboles y sus murmullos, los cantos de búho, incluso el baile de aquellas luciernagas a mitad de Agosto, bueno, parecía sin duda, que todo ello era sólo para ti.
El mundo, en sí, parecía querer enfundarte en una oda constante.
Parecías tener el control de tu tristeza y por ello, eras la clave de todas mis huidas, todas mis victorias, todas mis perdidas.

El plan maestro, de un buen arquitecto, viviendo en cualquier cielo, para mí. Qué estupidez. Pensar que piensa, siente, ama, igual que TÚ.

Sabía que te irías a buscar otras ciudades que te quedasen grandes, nunca supe que sabía tan poco.

Nunca supe que un día no vendrías, a las seis -como siempre- y nunca más me dirías bonita.

Nunca supe que llevaría mi mejor vestido para alguien que no se iba a presentar.

Nunca supe que iba de verdad.

O que malgastaría tanto tiempo en lágrimas de rímel ni en  sonrisas de cartulina.

Nunca supe que encontrarías lo más grande, en alguien mucho más chiquita. Nosotros nacimos cuando la gente ya era vieja.

Ella nace cuando somos jóvenes.
Y te acaricia los miedos, se pone en tu puesto, te canta incluso en verso.
Y es buena, es una buena, buena chica.

Y yo, simplemente, nunca llego a tiempo.

Te estoy oyendo ser feliz.
Y tengo miedo.
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