Hay miradas que forman cicatrices y

hay cicatrices que no se borran en otras miradas o eso dicen.


Por aquel entonces ya no hablaba del amor, pero aún susurraba sobre vosotros, ya sabes, como uno de esos trastornos por estrés postraumático.

Y contaba vuestra historia en versión neutra y sin demasiada guerra, ni metáforas, ni elipsis, aunque eso siempre y cuando hubiese de por medio alguna canción de más y un tú de menos. 
Hablaba de ti y de ella, como si no fueseis tú y ella y de como esos dos individuos con manos temblorosas podían haber funcionado, o haberlo intentado quizá medio capítulo más.
Hablaba de pupilas coordinadas y del amor que pareció, pero que ni estuvo ni fue.
Y entonces añadió que miedo se escribe con cinco letras, y hace daño como diez.

Carraspeó.
Asintió.
Dejó medio verbo, media bebida y media antigua vida a mitad.
Se mordió los labios, para morderse también las ganas de encontrarte, cogió a alguien del brazo y bailó por todas las veces que no le salió hacerlo.
Con otra vida a medio comenzar y otro matiz a medio perfilar.

Y ya, con metáforas y elipsis y verbos en presente de indicativo. «Yo soy» (o al menos, hoy)
Fui ese ayer, pero hoy ya a mitad, como siempre y tanto como nunca.

Porque a veces me paro y pienso en sin si algún día tú te paras y piensas en mí.

Y me quedo dormida divagando en las estrellas, en futuros, en tus lunares, en tu sonrisa y en idealizaciones de ti. 

Dicen que entre un destino y dos vidas, hay muchos factores de por medio.
Supongo que nunca fuimos un destino que acoplara o quedara bien.

 

Supongo que tú y yo, estamos destinados a ser siempre paralelos

Pero si siete vidas tiene un gato, alguna debe hablar de nosotros, ¿no?

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