Morderse las uñas siempre no es forma de vivir. O subsistir. O lo que esté haciendo ahora, pero aniquilarme (ya) no.

Porque no voy a darlo todo por perdido si por fin tengo algo que ganar. O seguir con los ojos llorosos, cuando ya no estoy hablando de ayer. Viejas historias ya cerradas en últimos paquetes de tabaco. Y yo finalmente sin manos temblorosas digo que no (os) voy a fumar más. 

 

Tengo una melancolía que cala, pero no esta noche. Tengo mil verbos que suenan a triste, pero no hoy.

Porque esa es la parte buena de la gente sin brillo en las pupilas, tan acostumbrados a que les pateen que cuando dejan de hacerlo, no les hacen falta las caricias para sentirse bien. Y yo me siento bien, y está bien no tener por qué porque entonces no hay por qué no estarlo.

 

Y a raíz de eso me he dado cuenta de que los cambios son cosas muy extrañas. Y siempre lo había pensado mal. Porque todo el mundo quiere de vuelta a quien era cuando aún no era nadie. Y ahora soy, sin parecer.
Ahora me gusta el rock y las palabras que suenan a precipicio. El frío y tener que arreglármelas para ser yo quien le cale a él. Ahora me gusta saber que en las preguntas no sólo hay opción de negativa. Que hay personas que no sonríen por fuera, pero sin duda lo hacen por dentro. Y son mi clase favorita. Y ya no puedo volver, porque nunca he llegado a irme.

Sigo siendo la que echa de menos, la que siempre quiso de más y la que aún a día de hoy no lo tiene claro. Pero también, a la que le da igual. Que vivan los lunes, los segundos eternos y las manchas de café. Que viva todo lo que me dice que no vuelva a intentarlo. Que vivan todos los lobos que nunca me aullaron. Que viva todo aquello que no fue.

Porque así, me he dado cuenta de que los cambios son necesarios. Suceden sin aviso, pero siempre traen un motivo riéndose detrás. Y un sinfín de cosas mejores de las cuales el pretérito ya nunca (nunca) te va a hablar.

Y como dice pereza, esto sólo es una aproximación,
quizá hasta una aproximación de los buenos tiempos,

y como añado yo, hay probabilidades casi tan claras como las certezas.

De verdad. Que la vida existe, que el karma también.
Y la alegría sin tener impuestos después.
Y la buena gente, aunque no tenga brillo en las pupilas.
Y nunca lo había visto tan claro. 

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