Y me faltan palabras. Últimamente muchas.

Tantas cosas sin decir guardadas en la carencia de un medio para hacerlo.

No puedo.

De verdad.

Si tengo que leer para recordar cómo eran esos símbolos… Para saber cómo decir que lo siento por no poder decírtelo.

«¿El qué?» Pues el todo.

A veces echo la culpa a la vida, quizá me vino demasiado pronto y quizá no sea buena aceptando las caídas, ni sus prefijos con re.

Y es que tampoco sé lo que quiero, ni lo qué seré, ni cuándo me decidiré a serlo.

Y el mundo ha parado y está empeñado en escuchar cuando a mí ya no me queda nada por decir.

Me he vuelto estática. Predecible. Soy todo lo que me prometí no ser en un principio.
Yo salgo porque hay que salir.
Estudio porque hay que estudiar.
Trabajo porque hay que trabajar.
Y vivo porque hay que vivir.

Y en los parámetros de mi inteligencia artificial veo un problema en ello.

Un error en el trayecto.

No sólo en el mío.

Hay gente que está igual. O eso me dicen

¿Todo el mundo ha perdido la cabeza? ¿A estas alturas de la vida es normal volverse loco ya?

Pero, ¿qué te puedo decir? creo que voy a dejar de hablar ya.

Sólo balbuceo, murmuro, susurro… no tengo voz.

No puedo decir más.

Odio hablar.

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