La distancia y el tiempo hablaban de perdernos.

Del frío que rimaba con vacío.

De lo difícil que puedo ser a veces de querer.

 

Pero eventualmente

después del mal tiempo

nos despolvamos la ropa,

y nos quitamos los miedos,

e intentamos seguir adelante

cargando con heridas

de las que evitamos hablar

cargando con gente que se fue

e hizo que nos perdiéramos

y sigues intentando encontrarte,

pero ahora ya se lo dejas al tiempo.

 

Y eventualmente, funciona intentar intentarlo. Porque una tarde, en el parque de siempre, dejas de sentirte igual. Dejas de pensar en las formas metafóricas en las que obtendríais una reconsideración. Tampoco piensas en destrozar los pretextos. Los vuestros. Los de los dos.

Dejas de lado la autodestrucción y la de la gente inocente.

Sálvese quien pueda. Salvaré a quien pueda, ahora sí.

 

Porque mis poemas ya no riman con tu nombre y nadie sabe bien por qué. Ni siquiera yo. Quizá sea porque ahora podría decirte tantas cosas y tú ya no escucharías ninguna, así que, mis palabras parecen haber decidido el empezar a morir en otra cama. En ojos que tienen una dulce tendencia a no saber de qué color ponerse. A los que no tengo que echar de menos. Los que no me van a perder.

 

Te dejé en la última copa, del último bar, del último día, en el que quise que volvieras.

 

Ya no es invierno y ha pasado todo un verano para que me diese cuenta.

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