Creada para construir, destruí más de lo que en su momento podía permitirme. Y como castigo,

recomponerme.

Empezar desde un cero que ojalá sólo hubiese sido metafórico.

Desde bien abajo, con esa carne sucia y viva que te deja el nerviosismo, con ese desnudo indebido que te deja la tristeza.

Por ello, ahora y a temporadas mi pincel y mi lápiz permanecen mudos. Callados. A veces no puedo hacerles olvidar lo que vieron… ni lo que fueron. Tantas palabras que encañoné en habitaciones en las que había firmado la paz. Tantos retratos de llantos donde prediqué felicidad.

Fui un Judas con labios rojos, las nubes no son para mí ya. Pacté con el diablo y aún a día de hoy sigo buscando la esperanza de que haya olvidado mi nombre. Qué inocente por mi parte. El cielo y el infierno me recordarán bien ya.

No hay flores que plante ni vidas que reconstruya para perdonar todo este pasado (en ese momento presente) que maté.

No seré perdonada nunca por no haber ido. Por haberme quedado sólo viendo la vida pasar, demasiado cobarde, demasiado lenta.

Asesinando al tiempo, básicamente. Ese es el peor pecado, dicen.

Ahora las deudas son altas.

Pero ahora me he creado.

Lo siento, no puedo acabar. No me dejan perder más tiempo.

Lo siento, de verdad pero no quiero pedir perdón más.

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